Cae la tarde y la señora “bien” se impacienta. Asomada a la vereda relojea el tiempo del barrio, la vuelta del trabajo de la vecina de la izquierda, la nueva novia del muchacho de la vereda de enfrente, los disparates de los mocosos mal criados de la esquina.
Un ardor en el estómago vuelve a retorcerla. Sabe que está cerca el "despropósito": acaba de ver pasar a los organizadores del corso de la otra cuadra, listos para vallar el espacio por donde transitará la murga, probar luces y encender el fuego para los choripanes.
Otra vez más, una vez más, ese maldito corso vuelve a tomar vida, como el año pasado, como la semana anterior, como ayer. Ese lugar de muchachas “livianas” y "delincuentes"... donde el desenfreno corre como el alcohol y las drogas. Pobre señora.
Por suerte su hijo salió bien. En poco más comenzará a prepararse para pasar a buscar a su prometida e ir al shopping. Lejos de los murgueros que, so pretexto de mantener en alto rasgos identitarios populares, sólo se juntan para vagabundear.
La señora (seguro que usted, estimado lector, tiene una vecina igual a esta) no piensa el corso como un lugar de encuentro barrial y político, fraternal y divertido. No le significa un espacio de emancipación, sino que la asusta su posible atentado al decoro y buenas costumbres.
En un paredón de Parque Patricios, cerca de donde Pasión Quemera ensaya y organiza su propio corso, una leyenda pinta a la perfección a estos personajes: “Si las chusmas fueran flores, este barrio sería un jardín”, lindo y real.
Pero los corsos, que se multiplicarán por toda la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense durante este mes, también son el anhelo de la pibada que no conoce vacaciones, de los padres que tienen una opción cercana y gratuita, y de los muchachos... para volver a ver muchachas.
Es un lugar para pasar y estar, para conocerse y afianzar relaciones, para proyectar o sólo divertirse, un concepto tomado con liviandad y, sin embargo, tan serio y necesario que merece una nota, como los corsos.







