El carnaval es una fiesta que el pueblo se regala a si mismo; legado en una época del año en el que las pasiones, las energías y las fantasías de cada participante se entremezclan para formar una única fuerza colectiva que siempre estuvo por delante del poder político y que no deja de alimentar los vaivenes que sus protagonistas mantienen con quienes no lo viven ni disfrutan.
El carnaval porteño es una fiesta libre, descentralizada y descabezada que a lo largo del tiempo fue atravesada por representaciones y apropiaciones sociales que mutaron como muta la sociedad, y que a la par vivió el esfuerzo estatal por tratar de controlarlo y encorsetarlo.
Una masa popular que se vuelca al espacio público para desahogarse por un par de días de todas las penurias que acumula durante el año, puede ejercer un sinsabor en la clase dominante difícil de tolerar o de lograr convivir con ello. Aunque, al mismo tiempo, el espacio excepcional de carnaval sea, precisamente, la válvula de escape que permita reforzar las diferencias sociales trabajadas durante el resto del año.
El comienzo. Para la investigadora de la Universidad Nacional de La Plata María Guimarey, el Primer Corso Oficial de 1869 significó “un momento clave para la periodización de los festejos del carnaval porteño”.
La autora de “El carnaval porteño como hecho teatral urbano: estudio de las materialidades expresivas del Primer Corso Oficial de 1869”, sobrevuela en su trabajo los primeros festejos para desembocar en la intervención gubernamental sobre aquellos, y la reglamentación que esto significó.
Guimarey recuerda que el carnaval de Buenos Aires “forma parte de la herencia colonial” y que a partir de la disposición en la Presidencia de Domingo Sarmiento (1868-1874) de crear el Primer Corso Oficial llegó el carácter “civilizado” que los relatos de entonces le otorgaban a un festejo influenciado por “los ideales modernos de cultura y civilización” provenientes de Europa.
Para el investigador y músico Gualberto “Coco” Romero, Sarmiento quedó fascinado con el carnaval romano que presenció en la capital italiana durante su visita al Papa Pío XII, en 1852. Aquella celebración le “reventó la cabeza” al sanjuanino y, de vuelta, planteó que “toda fiesta es educativa”; que estaba muy bien fogonear el convite.
En los primeros años del 1800, cuando Argentina era una idea que comenzaba a tomar forma, “lo que caracterizó a los festejos fue el desarrollo de los juegos de agua” en los que los porteños “se entregaban al desenfreno de mojar todo y a todos”, sostiene Guimarey.
Sin embargo, ese rasgo distintivo, que no gozaba del tácito beneplácito de las clases más pudientes, pronto fue mechado con las comparsas de negros que fomentó el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas durante sus dos mandatos (1829-1832/1835-1852), dando origen a los primeros desfiles que desembocarían en los corsos.
Sin embargo, “El Restaurador” abolió a través de un decreto el carnaval en 1844, que sólo volvió a festejarse en 1854, bajo la Presidencia de Justo José de Urquiza. En aquel año, y por medio de una disposición municipal, “se reglamenta el festejo tanto en los días que debe durar, como en el tipo de proyectiles permitidos o en la obtención obligatoria de un `permiso de máscara`”, reseña Guimarey.
Entre la celebración herencia de la conquista española y las primeras reglamentaciones políticas que buscaban poner coto –incluida una prohibición-, se llega al Primer Corso Oficial, en 1869.
“La fiesta descontrolada y confusa donde todos aportan al desorden generalizado se deja de lado” para dar paso a una nueva manera de entender el carnaval nacida al calor de las pretensiones políticas de la elite gobernante de “Modernidad y Civilización”, afirma Guimarey.
Es que “las leyes internas del carnaval nadie se las podría bancar”, retruca Romero, que le encuentra una lógica a las demarcaciones políticas al sostener que “los gobiernos le tienen miedo a la gente” y que “ninguna fiesta en el mundo es tan poderosa como el carnaval”.
Si bien el carnaval es “una fiesta para todos”, Guimarey sostiene que desde 1869, la celebración se desarrolla en las cuadras más refinadas de la Ciudad y bajo el control de quines la habitan, que llegan a constituir “Autoridades de Ornato” que juntaban los fondos, confeccionaban los adornos y se encargaban de dar orden dentro de su calle, estableciendo, por ejemplo, el sentido de la marcha de las comparsas.
Así “Buenos Aires se fue convirtiendo poco a poco en una ciudad que albergaba individuos de muy variada procedencia y el carnaval como festejo popular y urbano ofrecía un espacio de sociabilidad excepcional para esos grupos”, asegura Guimarey.
El desarrollo. Ya en la mitad del Siglo XX, el fenómeno político que significó el movimiento peronista, encabezado por el presidente Juan Domingo Perón (1946-1952/1952-1955/1973-1974), “atravesó al grueso de las murgas”, sostiene Rubén “El Gallego” Espino, director de la murga Atrevidos por Costumbre, de Palermo.
Espino recurre a al psicoanalista Sigmund Freud para explicar el fenómeno murguero y sus características que la hacen ser lo que son: “Para definir a la murga utilizo el concepto de pulsión, como concepto psíquico y somático. La murga es el concepto límite entre lo social y lo artístico. Si no es social no es murga y si no es artístico tampoco”, sentencia.
En tanto que el antropólogo social de la UBA, investigador y jurado en las actuales evaluaciones de las murgas Hernán Morel identifica en la historia reciente del carnaval porteño y murguero dos grandes momentos.
“Un primer momento acontece tras el retiro de la última dictadura militar (1976-1983) y con la llegada de los talleres murga”, desarrollados bajo la tutela de Coco Romero en el Centro Cultural Ricardo Rojas.
La censura, desaparición y represión llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas devenidas en Gobierno, “dejó consecuencias dramáticas en el espacio de las organizaciones populares”, sostiene Morel, que dio pie a la recuperación del carnaval como expresión artística en un ámbito académico y no tanto barrial.
“Así, una manifestación cultural históricamente restringida a ciertos grupos subalternos, se transforma en una práctica diseminada en otros sectores sociales, más precisamente sectores de clase media, resignificando las formas de producción, difusión y apropiación de estas prácticas culturales”, concluye Morel.
Mientras que para El Gallego Espino, la incorporación de la clase media (“que bienvenida está”) le produjo a las murgas un proceso de “híbrido” que confunde a “elencos que hacen murgas con murgas”.
“La incorporación de la clase media, que son híbridos y no saben donde están parados, ni que son, ni que dejan de ser, ni que pueden ser, y que no sueñan nada, amariconó a la murga”, dispara el atrevido por costumbre.
Mientras que Morel destaca como un segundo momento en la historia de las últimas tres décadas carnavaleras en Buenos Aires la marcha que muchas murgas realizaron en 1997 en reclamo de por la restitución de los feriados de carnaval anulados por la última dictadura y la ley que declara Patrimonio Cultural de la Ciudad a las agrupaciones de carnaval.
Es que la marcha, aglutinadora y convocante, produjo la ordenanza 52039, surgida del Gobierno porteño de Fernando de la Rúa, por medio de la cual se instituye la Comisión de Carnaval dentro del Gobierno porteño y se crea una partida presupuestaria para la realización de los ahora denominados “Corsos Oficiales”, en contraposición a los minoritarios “Independientes”, que deciden no tener relación alguna con el Estado capitalino.
“A diferencia de un campo político en donde los agentes del Estado suelen tomar decisiones independientemente de las poblaciones destinatarias, en este caso la declaración patrimonial incluyó la opinión consensuada y los puntos de vista de las propias agrupaciones, destacándose en este proceso instancias de negociación y disputa entre los murgueros y el Gobierno porteño”, sostiene Morel.
Esta ley también produjo cambios significativos al interior de las agrupaciones, a partir de tres aspectos en su conformación para que puedan participar en los carnavales y recibir una compensación económica que ayude a paliar los gastos que representa su actividad artística.
Para Morel, los “tres aspectos más relevantes” fueron las definiciones de Género, Centro Murga, Agrupación Murguera y Agrupaciones Humorísticas; la Comisión de Carnaval, que significa la “instancia de medicación, representación y decisión” en la actividad, y la conformación de jurados, que evaluarán a través de un sistema de puntaje que tan bien se ajustan las distintas agrupaciones a las delimitaciones que les impone el género a la que están inscriptas.
En cambio, para Espino esta es una delimitación que realizó la Comisión en base a características prefijadas y que delimitan la actividad, que no se corresponde con la historia ni con las representaciones que ofrece el carnaval. “El carnaval tiene la característica de ser indeterminado, de tener múltiples identificaciones; la murga es desregulada y debe fluir”, sostiene aunque aclara la distinción de la Comisión “está bien” sólo a los efectos de organizar.
Presente y futuro. Ariel “El Negro” Prat es un músico conocido y reconocido del folclore porteño, sus pasos andan y desandan los aeropuertos de Argentina y España, países por los que transita sus días y noches. Para él, el futuro del carnaval porteño pasa “por que los vecinos y la gente que no es del palo active la `cosa`”.
“Yo lo veo bien a nivel rítmico, musical. Están explotando un montón de cosas que voy escuchando, que te dejan con la boca abierta y te emocionan. La cosa es buena, el panorama es optimista”, asegura el “Juglar” que, además, entiende que si no hay “gente del pueblo que se manifieste artística y culturalmente, la cultura estará relegada a los que tienen guita” y que lograrán imponer sus propios gustos y costumbres.
Mientras que Bernardo Bogado y Diego de Pedro, de Los Relegados de Belgrano, señalan para adentro y demarcan con números la situación del sector: “En Buenos Aires, el 30 por ciento de las murgas intenta producir un hecho artísticamente bello. Hay un proceso de recuperación de la murga como expresión artística, que fue socavada, además de pr las políticas del sector, por los propios murgueros.
Es por eso que Bogado y De Pedro creen en la necesidad de “realizar mucha autocrítica”, es que “cuando ese 30 por ciento se transforme en el 80 por ciento de las murgas, vamos a poder exigir mucho más. Cuando se les acabe las excusas (a quienes ningunean a este espacio artístico) va a ser más fácil (lograr mayores espacios de expresión y de reconocimiento).
Principio de un nuevo comienzo. Con libertades, retrocesos y normativas regulatorias, esta fiesta que sobrevivió a monarquías, gobiernos totalitarios y democráticos de poca visión, se mantiene viva y alimentada año tras año por las 1.200.000 personas que transitan por los distintos corsos que florecen en febrero en los barrios porteños y que construyen, aunque esté acallado, una de las celebraciones populares culturales más importantes del país.
Parece ser nomás que, como canta Prat, “La murga camina, camina nomás, de pura energía no puede parar, la murga camina y está por llegar, la loca milonga del baile ancestral…”. Poética que le imprime un giro al certero “uno se destaca en la vida por hacer lo que quiere”, del Gallego Espino. Y la murga y el carnaval expresan eso: libertad, sueño y deseo.







